Mis Gatos

Ya Enero 2017, el libro en blanco ya tiene 18 páginas escritas en que la emoción del nuevo inicio está presente, todavía huele a nuevo.


Después de estos día de vivir la vida en una época emocional, familiar y socialmente fuerte; volvemos a recapitular y valorar los aspectos que como especie nos mantienen y dan fuerza.

Uno de ellos, como lo platicamos el año pasado es la empatía y otro increíble es el compartir y colaborar con otros.

Colaborar con nuestra familia, amigos, animales de compañía, animales salvajes y con todas aquellas especies sintientes y vivientes del planeta. Así logramos un equilibrio, que aunque es intermitente y alumbra cierta circunferencia, siempre deja huella.

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En esta ocasión quiero platicarles de Sabrina Bequir, puedo decir abiertamente que es una mujer especial, no se va entre las ramas cuando de apoyar y colaborar se trata. Mente aguda, corazón dispuesto y pasión por la vida; dedicada a cuidar y proveer a las personas que necesitan cariño, atención y apoyo.

Ella es parte de una colonia de gatos, así que todas las cualidades que comparte con ellos tiene que ver con su propio misterio, audacia, flexibilidad, agilidad y elegancia.
A partir de ahí, nos comparte este delicioso relato de su vida con estos felinos; enigmáticos, íntimos y privados.

Por eso y con más razón le agradezco muchísimo que con su pluma afinada abra la primera hoja de este Blog, dedicado a la Comunicación Interespecies que hoy por hoy es una disciplina que abre puertas, corazones y grandes posibilidades para conocer el fantástico Reino Animal.

Mis Gatos

En cierta ocasión, la escritora Muriel Barbery expresó que «la función del gato es ser un tótem moderno, una especie de encarnación emblemática y protectora del hogar, un reflejo benévolo de aquello son los inquilinos de una casa». Una idea con la que comulgo absolutamente.

Yo siempre he sido una apasionada del mundo animal, así como una convencida de la poderosa sinergia que se produce con la convivencia entre humanos y la naturaleza. Quizá porque he crecido rodeada de mascotas, animales libres y flora de todo tipo. Así que, fue natural que al iniciar una nueva etapa de mi vida al abandonar mi nido paterno, lo primero que hiciese, una vez instalada convenientemente, fuese buscar un animal de compañía.

Actualmente, mi hogar está conformado por una nutrida colonia de gatos. Ellos son mi familia, mis compañeros y los mayores receptores del amor que albergo en mi ser. Siempre han sido mis mejores terapeutas, mi tabla de salvación emocional y mis mayores aliados.

LA IMPORTANCIA DE MIS GATOS EN MI VIDA COTIDIANA

Todo comenzó cuando, en octubre del año 2007, llegó a mi hogar mi gata Sur —mi primogénita, como yo le llamo. Un gata preciosa, pero que desde un primer momento se mostró indomesticable. Desde bebé demostró poseer muy mal genio, ser arisca y tener la costumbre de enseñar sus garras y colmillos a la primera de cambio. La verdad es que, aunque siempre la quise mucho, me frustraba su mal carácter y su  falta de amabilidad hacia mí. Me costó mucho ganarme su aprecio, la verdad. No obstante, sé que es una gata muy especial, con un espíritu protector muy fuerte y una lealtad a prueba de bombas. Sin duda, es la gata más madura y responsable que haya conocido nunca.

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En junio de 2008 me traje a vivir conmigo a mi gata Pampa, con la intención de que Sur tuviese una compañía congénere y no tuviese que estar sola cuando yo no estaba en casa. Confieso que, aunque estoy absolutamente en contra de la venta de animales, a Pampa la compré en una tienda de mascotas. Pero no fue algo premeditado, sino la casualidad de verla ahí y haber captado mi atención con su brazo estirado que parecía llamarme. Y yo soy de esas personas que creen que nada es casualidad y que todo sucede por algo…^^

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Traer a esta gatita a mi casa fue algo muy positivo, porque me hizo adquirir otra perspectiva más humana de la comunidad gatuna. Pampa, al contrario que Sur, siempre fue un ser muy simpático, pizpireta y sociable —si bien, no me atrevería a definirla como cariñosa propiamente. Desde el primer día, se proclamó  la reina de la casa y supo ganarse dicho puesto al conseguir ser el centro de atención con sus pasos elegantes y firmes, su andar egotista,  sus maullidos estridentes y su mirada pícara y elocuente. Sin duda, ella me enseñó mucho sobre la importancia de alimentar una alta autoestima, ¡ja, ja, ja!

Unos meses después de la llegada de Pampita a mi vida, el destino volvió a ponerme un gatito en mi camino… Un día cualquiera me encontré en un descampado a una bolita negra agazapada entre hierbajos, demasiado quieta y muy desamparada. Despertó tanto mi compasión, que decidí que debía ayudarla y llevarla a mi casa. Y así, a finales del 2008, llegó Tafí a nuestras vidas…

¡Oh cielos, amigos! Esa gatita supuso un punto de inflexión en mi existencia. Con Tafí, realmente, evolucioné como persona, porque al salvarle la vida me demostró que yo tenía la capacidad —ciertamente poderosa— de ayudar a los demás, y porque, al estar tan desnutrida y enferma, mi instinto maternal y protector explosionó —para mi gran asombro, ¡ja ,ja, ja! Con Tafí descubrí la auténtica fortaleza que poseen los gatos y lo que significa el espíritu de supervivencia y la voluntad por salir adelante. La pobrecita estuvo muy mal, pero luchó con ahínco por recuperarse y, hoy en día, es una panterita hermosa y con un corazón de oro: ¡esta sí es una gatita mimosa y buena!

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Finalmente, cuando ya creía que tenía mi familia constituida, en octubre de 2010, la vida  me presentó al que sería mi cuarto gato: el machito de la casa, Ona.  A él lo encontré una mañana otoñal de mucho frío, tirado en un terreno abandonado, con convulsiones, congelado por la helada habida la noche anterior y al borde de la muerte. Había sido envenenado. No lo pensé dos veces cuando lo vi tan desahuciado: lo agarré, lo llevé a la veterinaria y lo dejé allí ingresado. Recuerdo que de camino al veterinario, lo abrazaba con mucha fuerza para darle calor… ¡Craso error por mi parte! Porque desde ese preciso instante mi unión con Ona fue indisoluble, asi que ese abrazo significaría el primero de infinitos abrazos que compartimos aún a día de hoy.

Ona, al igual que Tafí, me enseñó muchas cosas. A pesar de que, en un primer instante, era reticente a quedarme con él, al final resultó ser una gran  recompensa. Oni llegó a casa con casi un año de vida, y eso se notó. Fue un gatito muy asustadizo y desconfiado —y lo sigue siendo— que no me puso facilidades para llegar a relacionarnos con plena confianza. Tardó un año en recorrer mi casa con soltura y dejarse querer. Pero, actualmente, es mi machito, un amor de gato con una mamitis insaciable y por el que me desvivo en darle seguridad que demanda. ¡Con Ona aprendí lo que significa ejercitar la paciencia y el saber que lo bueno se hace esperar!

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Así pues, queridos amigos, ¡a estas alturas, y después de haber pasado tantas cosas juntos, no me cabe duda que mi felicidad se ubica en sus cuerpos gráciles y peludos, y la bendición de poder tocarla se halla en la palma de mi mano! Ciertamente, me resulta una cuestión inefable describir cuánto adoro a mis gatos y los beneficios que han traído a mi vida. Pero, de veras que no exagero si declaro que ellos son mi prioridad absoluta, además de sentirlos como mi milagro particular.

Con todos ellos he vivido una etapa relevante de mi vida, al fin y al cabo, son más de nueve años que llevamos juntos. En este tiempo, mis felinos han sido partícipes de mis numerosos avatares vividos: mis pequeñas hazañas y algunos fracasos, mis empeños por labrarme nuevas quimeras, mis numerosos delirios y mis recurrentes desvelos… y mis episodios más desgraciados —como mi separación sentimental, el fallecimiento de mi madre—, entre los que destacaría, el tener que afrontar con estoicismo mi mayor infortunio personal: la presencia de la enfermedad de Alzheimer en mis familiares directos, aun siendo muy jóvenes. Pero lo fundamental es que en medio de este torbellino de vivencias, ellos siempre estuvieron a mi lado, compartiéndolas conmigo, padeciéndome infatigablemente y, lo que es aún más loable, su presencia me han permitido aprender una gran enseñanza felina: a caer de pie para amortiguar mejor los golpes de la vida.

MI CONVIVENCIA CON UN ENFERMO DE ALZHEIMER Y MIS MASCOTAS.

En este punto, amigos, quisiera contarles mi experiencia con la enfermedad de Alzheimer. Porque, de algún modo, su presencia marcó mi vida a fuego desde hace más de 25 años y está estrechamente vinculada a mi vida familiar.

Como muchos sabrán, esta dolencia es una demencia que afecta mayoritariamente a personas ancianas o de más de 65 años; pero en mi familia se da en casos de personas muy jóvenes que rondan los 35 años.

En este sentido, la demencia de mi madre, que duró 21 años, fue decisiva en mi desarrollo vital. Desde adolescente tuve que aprender a cuidar de ella, o estar a su disposición al menos, y eso supuso muchas limitaciones en mi vida diaria. Pero afortunadamente, vivía con mi padre, mi abuela y mi hermano y eso hacía que el reparto de tareas fuese más llevadero.

El caso que es que cuando al fin, en el año 2011, mi mamá falleció tras 20 años de lucha contra el Alzheimer, estaba convencida de que se termina una etapa de mi vida y que, por tanto, a partir de entonces tendría una cotidianidad más ‘normal’, más liberada y sin tantos compromisos y deberes. Lo cierto es que cuidar a una persona que es enferma crónica enseña mucho, especialmente en valores; pero también restringe la libertad de movimiento y de independencia. De ahí que yo confiase en que, tras la ausencia de mi madre, la vida nos regalase una segunda oportunidad de ser más libres y disfrutar más de la vida.

Sin embargo, y para hacer breve esta larga historia, dos años después, mi hermano sería diagnosticado con la misma dolencia, puesto que la había heredado. Así que, dadas las circunstancias, me lo traje a mi hogar a vivir conmigo… y con mis gatos.

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Para ellos no tuvo que ser fácil aprender a convivir con una persona extraña y que, en un primer momento, mostraba muchos cambios de humor y cierta agresividad. Pero los gatos son muy listos y sensitivos y pronto comprendieron que mi hermano necesitaba ayuda. Desde entonces, ellos son su alegría y su más fiel compañía. Principalmente, mi gata Sur: sí, esa gata arisca y poco sociable, hoy en día les puedo garantizar que es su máxima cuidadora. No lo deja solo nunca, siempre se muestra pendiente de él y hasta mantienen una comunicación que yo jamás podría superar.

No tengo ni idea de qué ideas pasan por el cerebro de una persona enferma de Alzheimer, pero sí intuyo que mis gatos funcionan como una balsa para mi hermano en medio de un océano de olvidos y desconocimientos. Y lo que puedo asegurar es que la relación tan estrecha que tiene con ellos es admirable y va más allá de la clase de comunicación que puede mantener con las personas que formamos parte de su entorno.

Por otro lado, a mí, como cuidadora principal, la presencia de mis mascotas me ayuda a sobrellevar mejor la situación. No es tarea sencilla describir la angustia, el estrés y el desgaste emocional que supone la convivencia con un enfermo de Alzheimer —son esas cosas por las que, hasta que uno no las padezca en sus propias carnes, no se puede imaginar—, pero contar con la compañía de un animal doméstico es de gran ayuda para distraerse y obtener un cierto bienestar emocional.

Nunca podré agradecer lo suficiente a mis gatos toda su paciencia y su apoyo a mi labor como cuidadora, pero sobre todo agradezco a mis peludos la atención y la compañía que le brindan a mi familiar enfermo. Por eso, yo animo a todo el mundo a tener una mascota a su lado, especialmente en aquellos casos en que existan personas dependientes o afectadas por algún tipo de enfermedad.

Porque el apoyo incondicional que te entregan es la mayor prueba de genuino amor que alguien pueda experimentar. Y la comunicación interespecie que llega a entablarse con ellos proporciona un estímulo único que nos ayuda a equilibrar nuestras emociones y a sosegar nuestras desesperanzas.

 

¡Muchas gracias, amigos, por prestar atención a mi historia! Y, especialmente, muchas gracias a Angélica por cederme gentilmente un pedacito de su blog para poder contar mi experiencia. ¡Ha sido un auténtico honor para mí!

¡Hasta siempre!

Sabrina.