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Como consecuencia de lo que llamaron burbuja inmobiliaria, la vida en el centro de Madrid se volvió difícil y cara, sobretodo, cara. Siempre nos habíamos preguntado cómo sería nuestra vida en un pueblo cerca de la capital, si estaríamos más a gusto. Así pues, este caos urbanístico y social, lo tomamos como una oportunidad para probar una forma diferente de vivir.

Nos fuimos a un lugar muy bonito y con poca gente. Julio de 2003. Nosotros éramos tres: mi chico, nuestra gatita Salomé y yo. Nos alquilamos un garaje que habían habilitado como vivienda en un chalet… ¡¡¡para probar esa vida era más que genial!!!

Salomé era muy pequeñita, apenas tenía un año cuando llegamos al campo. Era una gatita negra, delgadita y muy, muy cariñosa. Le encantó ser libre y correr por los campos de romeros y encinas.

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Pronto se hizo una amiga, a quien bautizamos con el nombre de Lepanta porque le faltaba la mano derecha, pareciera que la hubiera perdido en un accidente. Era una gata mayor que ella, de unos 5 años, gorda, no era casera aunque debió de serlo en algún momento de su vida y especialmente cariñosa. Venía por la mañana, le dábamos de comer y se marchaban las dos de paseo.

Pasaron los meses y seguíamos en aquel lugar, nosotros no estábamos muy contentos de estar en el campo, aunque decidimos aguantar un poco más para asegurarnos de nuestra decisión antes de volver a cambiar de sitio.

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Una tarde de noviembre, estaba sola en casa, el cielo se puso muy oscuro y empezó a llover fuerte y con ganas. Salomé no estaba y la llamé, tardó en acudir pero vino, me hizo unos mimitos, comió y cuando dejó de llover saltó por su ventanita y se fue.

Llegó la noche y no volvía, no era normal, la llamaba insistentemente, pero nada… sentía que algo no iba bien. Salí a buscarla, subí por la calle principal y la encontré tendida, inmóvil, con un golpe en su carita y sin vida.

…Dolor, mucho dolor, rabia, mucha rabia…

El sol seguía saliendo todas las mañanas e igualmente Lepanta continuaba viniendo a por su ración de comida y a buscar a su amiga. Creo que ella lo comprendió antes que yo, porque un día, dejó de llamarla y siguió viniendo a darme a mí el cariño que necesitaba.

Yo quería que entrara en casa, que nos sintiera como su hogar, quizás, un poco, para llenar la ausencia de Salomé y también porque me encantaba ella, pero Lepanta era Libre, aún con todo su amor, era libre. No obstante, siempre le dejaba la ventanita abierta por si le daba por entrar.

Y un día le dio y otro y otro más. Se subía siempre al mismo sillón, que, finalmente hizo suyo y se pasaba horas durmiendo ¡Era una gata amorosa, gorda y feliz!

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A punto estaba de llegar la primavera, la noche del dieciocho al diecinueve de marzo, sucedió un acontecimiento que creo que será irrepetible en mi vida.

Sobre la una de la madrugada, Lepanta se subió a nuestra cama, me sentí súper feliz, ¡qué linda! nunca había pasado de su sofá, nunca antes había subido a la cama, se lo permití, por supuesto, la amaba. Me pidió con su patita que le dejara entrar dentro de la cama y así lo hice, levanté el edredón, entró y se tumbó en mi costado.

Llevábamos un rato durmiendo cuando noté que respiraba agitada, como si le faltara el aire, no lo entendía, no sabía que le pasaba, entonces con sus patitas traseras empezó a darme golpecitos y pequeños empujones en mi barriga, fue todo confuso, rápido y oscuro.

Cuando me disponía a moverme para encender la luz, la acaricié para tranquilizarla y mi mano al deslizarse desde su cabecita hacia su cola, la sentí mojada, palpé y toqué un bultito, en micras de segundo mi cerebro procesó esa información y… ¡¡¡¡sí, estaba pariendo!!! ¡¡Sí, en mi cama, encima de mí!! Encendí la luz y mi gorda había traído al mundo a un gato negro precioso y hermoso. ¡Imaginaos! Al cabo de una horita tenía en su regazo a tres bellos gatitos.

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Transcurrió el tiempo. Cirilo, el gato negro, se quedó con nosotros. Sus hermanas se fueron a vivir al campo, con un amigo y Lepanta… la castré y siguió con su libertad.

Julio de 2004. Decidimos mudarnos, volver a Madrid. Aprendí mucho en ese año, con todo lo vivido, a veces por intenso y doloroso y otras, gracias a los regalos que la vida me dio.

Once años después, Cirilo sigue con nosotros en Alicante junto a una gatita blanca, llamada Greta que es su amor y compañera.

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LouLou

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