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Conozco a Caro desde hace tiempo, he podido vivir su corazón y su sensibilidad; la fuerza de sus decisiones y la pasión que actúa para llegar a un punto, el que sea, pero llegar ahí.

Hoy llega a lo más profundo de mi corazón, Tibetano era un caballo que dio experiencia, sabiduría, enseñanza en todo lo que hacía. Desde su manera de andar se notaba; herencia bien afinada en esta mujer, amazona, jinete de la vida, que busca lazos con el reino animal como una extensión de ella.

Ella sabe y conoce de lo que se trata tener un amor así.

Muchas gracias Caro, por hacer sentir la fuerza y complicidad con tu caballo.

Tibetano

La vida me cambió cuando llegó a ella Tibetano, un enorme y hermoso caballo pelirrojo, o mejor dicho, alazán, que apareció como si del mismo destino dependiese que acabáramos juntos.

Como se trataba de un animal ya adulto, lo usaban para dar clases de equitación, pero no tenía un nexo emocional con nadie en especial. Esto repercutía en su ánimo desganado e indiferente.

Tibe me adoptó un día que por casualidad lo monté Y simplemente hicimos clic. Fue como si nos conociéramos desde siempre. En ése momento supe que lo quería, y creo que también él a mí.

A partir de ése día, Tibetano cambió de actitud, se volvió más vivo, más animado.. O como dicen por ahí, “agarró un segundo aire”.

Mi formación en Yoga y en las corrientes filosóficas orientales me llevaban a meditar todos los días y conectar con el presente a través de la respiración, misma práctica que yo empleaba también arriba del caballo. 

Cuando yo hacía esto, Tibetano parecía literalmente entenderme pese a lo torpe que yo me sentía arriba de tan grande y experimentado animal. Me conectaba con él a través de la respiración y ésto tiene sentido, ya que los animales sólo viven en el presente, sólo entienden el presente!

Esta conexión se profundizó día a día, no sólo en la pista sino en cualquier otro lugar y momento que yo pasaba con él.

Yo sabía que Tibe ya tenía sus años y sólo le pedía a dios y a la vida que me dejaran acompañarlo hasta el último de sus días para que se sintiera amado como él se lo merecía, y así fue.

La mañana de un 24 de noviembre Tibetano amaneció con un cólico que se complicó por factores causados por la edad, y esto hizo que el dolor para él fuera insufrible. Se levantó un par de veces, caminó erguido, orgulloso, como era él, pero finalmente el malestar terminó por doblegarlo. 

El diagnóstico de la veterinaria que lo revisó era del todo desesperanzador, y sólo quedaba una sola cosa por hacer.

Tibe estaba desesperado, no se quería morir. Me sentí como una niña tonta y desamparada a la que un veterano protector se negaba a abandonar. Una voz en mi cabeza me dijo “Amar es dejar ir.” y contra todo consejo y advertencia de que me podía lastimar, me le acerqué y le susurré al oído. Me despedí de él. Le di las gracias. Lo dejé ir.

Finalmente el universo me permitió acompañar a Tibetano en el último periodo de su vida, lo cual para mí fue un honor y un privilegio.

A veces uno cree que ayuda a alguien, en este caso, alguien en forma de un animal. Pero lo cierto es que ellos son almas puras que llegan a hacernos un favor y sanarnos, y el amor que siembran en nosotros se queda ahí y transforma nuestras vidas para siempre.